‘Hoy somos pobres a secas’

Trabajo de carácter etnográfico reliazado por Reforma (el link ya lo puse).
María Lucía Hernández: ama de casa.

Lucy tiene 46 años, tres hijos, un ingreso familiar de 6 mil pesos al mes y muchos planes que ha dejado truncos
Jésica Zermeño Núñez

Ciudad de México  (31 enero 2010).- A María Lucía Hernández Ayala le gusta verse bien, maquillarse, pintarse el pelo, usar aretes y pulseras de fantasía. Hasta hace unos meses consideraba a su familia clasemediera. Hoy dice que es pobre “a secas”, pues no le alcanza ni para comprar jabón. Eso explica que se disculpe nerviosa ante los visitantes por el montón de ropa sucia que ocupa un rincón de su azotea.

No es que sea floja, es que el jabón está carísimo. Si puedo comprar jabón lavo, si no pues cómo”, explica mientras mira el bulto de prendas de dos semanas. La ropa a veces espera hasta un mes, cuando el gasto alcanza para comprar las bolsas de detergente en polvo de un kilo con las que desaparece el amontonamiento.

Lucy, como la conocen sus vecinos, tiene 46 años, es madre de tres hijos y es una de las 24 millones de amas de casa de tiempo completo que se estima existen en el país. Este enero le ha sido particularmente difícil, porque ha emprendido una batalla que quizá no gane, la de mantener el nivel de vida que tuvo en años anteriores.

Vive una cuesta de enero sin precedentes. Apenas en octubre su esposo David, dueño de un taller de hojalatería y pintura en Iztapalapa, perdió su principal cliente en los últimos cinco años: Ford. La razón: la crisis de la industria automotriz. De un día para otro, Lucy y David vieron desaparecer sus ingresos en casi 70 por ciento. Eso, más el incremento en el precio de los alimentos –que se estima hasta en 25 por ciento tan sólo en enero–, el agua, los productos de limpieza, la gasolina, la luz, las tasas de interés de las tarjetas bancarias y el Metro, la tienen sin dormir.

“Este fin de año ya ni nos fuimos a pasear. Generalmente íbamos por mayo y casi siempre en diciembre, y ahora no. Hasta siento feo. Fueron mis 25 años de casada y no los festejamos, nada, porque no hubo dinero”, rememora sentada en un sillón de su casa, en la colonia Pro-Hogar, en Azcapotzalco.

A esta mujer alta y de tez blanca le cuesta cuantificar los problemas financieros que tiene. Ni siquiera está acostumbrada a hacerlo. Se casó cuando estudiaba el segundo año de Trabajo Social en la UNAM y nunca regresó a las aulas. Desde ese momento su esposo se hizo cargo de los gastos de la casa.

Sólo necesitó trabajar cuando se separó de su esposo por casi un año, entre 2006 y 2007, para demostrarle que podía mantener a sus dos hijos solteros sin su apoyo económico, Nayeli, hoy de 19 años, y David Antonio, de 14.

Así, en octubre de 2006 la contrataron para atender las “áreas comunes” del hotel Fiesta Americana Reforma, en la Glorieta Colón, de tres de la tarde a las diez y media de la noche. Ganaba mil 50 pesos quincenales, menos de lo que le cuesta a un cliente hospedarse una noche en ese hotel.

“Ni siquiera sabía qué eran las áreas comunes. Creía que era dar información al cliente en el lobby, en el restaurante. Pero era lavar baños. Yo me aventé. Primero me dio vergüenza, después estaba orgullosa de mi trabajo.

“Aquí en la casa no veía más allá de mi ventana, ahí en el hotel vi muchas cosas. En la noche todas nos quitábamos el uniforme de trabajo como locas, hasta con angustia, para alcanzar el micro de 2.50, porque después de las 11 ya cobraban 5 pesos. Ahora que aumentaron el Metro un peso algunos piensan ‘¿qué es un peso?’, Pero es todo para mucha gente, para los que viven por Ecatepec, por Tultitlán. ¿Por qué no mejor se quitan de su sueldo los altos funcionarios?”.

Lucy trabajó en el hotel cinco estrellas por 13 meses. Se reconcilió con su marido y regresó a su papel de ama de casa. Pero no duda. Volvería a ponerse el uniforme, a quitarse sus anillos, sus pulseras y aretes para lavar excusados si la situación empeora.

Y las cosas no pintan bien para su familia de clase media, el grupo que, según analistas, resentirá más la escalada de precios durante 2010. Desde diciembre su esposo le da 50 pesos al día para hacer la comida, la mitad de lo que le daba en 2009. Él compra toda la despensa semanalmente en un tianguis, junto al taller, porque “ahí es más barato que en cualquier súper, aunque no sea lo mejorcito”. En esa despensa gastan alrededor de 3 mil de los 6 mil pesos que tienen como ingreso familiar al mes. Por eso no siempre alcanza para el jabón.

Ya implementó medidas domésticas ante la emergencia. Sólo pone un foco en sus lámparas de techo de cuatro o seis bombillas, el agua de la regadera la reutilizan todos en el WC, las clases de natación para ella y su hijo David fueron suspendidas, lava con poco jabón y prepara diario poca comida. Como su familia no tiene seguro médico se olvidaron de su doctor de toda la vida y ahora van a un consultorio anexo a una farmacia de genéricos a tres cuadras de su casa, en el que cobran 20 pesos por visita.

Trató de reestructurar la deuda de dos de sus tres tarjetas de crédito. Todavía debe 20 mil pesos y no sabe cuándo podrá pagarlos. Las tarjetas ya no las usa, y le preocupa que el incremento en el IVA de 15 a 16 por ciento la convierta en una deudora mayor. Ya sabe que la fecha de pago es un conflicto seguro con su esposo, porque no tiene para pagarlas.

Me siento muy impotente, muy enojada ante tantos nuevos impuestos. ¿Por qué nosotros siempre somos los que tenemos que pagar? Esto ya es un robo institucionalizado.

“Antes tenía. Me compraba la pinturita, la blusita, y ahorita nada. Mi promesa de año nuevo es no comprar, porque está difícil. Llevo casi seis meses sin comprar nada para mí. Y eso hace que uno se ponga de malas, nerviosa. Pero yo me voy a seguir arreglando, porque me siento mejor así”, reflexiona.

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