‘Es difícil conseguir clientes’

Continuamos con la serie etnográfica y vivencial publicada por Reforma.
Pedro Estrada: ex proveedor de LFC.

Con la quiebra de Luz y Fuerza del Centro, Pedro Estrada vio su economía sumergirse, como hacen los pequeños buzos que hoy vende para mantenerse

Javier Rosiles Salas.
Ciudad de México  (31 enero 2010).- La extinción de Luz y Fuerza del Centro no sólo afectó a sus 44 mil trabajadores. Pedro Estrada, de 49 años, se dedicaba a suministrar materiales de oficina y reparar impresoras y faxes de la paraestatal. El 11 de octubre, cuando apareció el decreto firmado por el presidente Felipe Calderón, se enteró de que su principal cliente iba a desaparecer. Apenas dos días antes había entregado material.

Sin más, dejó de percibir el 80 por ciento de sus ingresos. Además, la paraestatal quedó a deberle al menos 100 mil pesos y ahora tiene en bodega material con un valor similar, cuyas especificaciones hacen difícil que alguna otra empresa se interese en adquirirlo. Por si fuera poco, tiene una deuda de 100 mil pesos en tarjetas de crédito. Estuvo enfermo tres semanas, con dolor de cabeza y tensión nerviosa.

Ahora se encuentra buscando nuevos clientes y trata de subsanar las pérdidas vendiendo “buzos“, un pequeño juguete que fabrica con vidrio soplado y chaquira, que pinta a mano, el cual dentro de una botella con agua puede sumergirse y emerger.

Estrada, su esposa y uno de sus dos hijos salieron el pasado 5 de enero a vender estos juguetes en 15 pesos. Para empacarlos aprovechan parte del material que ya no les comprará LFC: una tonelada de bolsas para guardar billetes con el logotipo de la compañía y pliegos de papel pressboard con los que hacían carpetas.

En nueve horas, aquella noche anterior al Día de Reyes apenas vendieron 16 de los más de 300 juguetes fabricados.

Quien antes pugnaba por conseguir contratos de hasta 100 mil pesos en una paraestatal, ahora competía en un tianguis, rodeado de puestos de tacos de bistec, micheladas y muñecas, entre gritos de “¡Cuál pinche crisis, de a 60 la sudadera!” y “¡Usted pregunte, y va a ver qué barato, más barato que Mamá Lucha!”.

A casi cuatro meses de la extinción de LFC, Estrada dice estar pasando por un momento crítico.

“Por años nos mantuvimos ahí, pero de momento se acabó. Sí nos pegó”, afirma con una risa nerviosa. “No está fácil. Los clientes no son fáciles de conseguir, menos en este momento, donde todo el mundo está buscando clientes y hay muchísima competencia”.

Ha tenido que cancelar líneas telefónicas, internet, un seguro de vida, buscar comida económica y despedir a sus dos empleados.

Su esposa tendrá que posponer su titulación como maestra en psicología, pues no hay dinero para pagar los 20 mil pesos que cuesta.

Su hijo de 18 años, quien junto con su hermano de 17 estudia en una preparatoria privada cerca de su casa en Real de Tultepec, ha tenido que dejar sus clases de inglés y ahora piensa en irse a Canadá en busca de mejores oportunidades.

Pedro Estrada heredó el negocio que su padre inició hace más de 40 años, reparando máquinas de escribir y calculadoras mecánicas de la Compañía de Luz. En 1982 dejó trunca la carrera de ingeniería electrónica que estudiaba en la UAM Azcapotzalco para apoyar a su padre de tiempo completo. Empezó reparando equipos electrónicos y vendiendo materiales de papelería, un año después ya dirigía la empresa familiar.

Los “Señores Estrada”, como los conocían en LFC, eran pequeños proveedores de las oficinas de LFC en el Distrito Federal, estado de México, Puebla, Morelos e Hidalgo.

Hoy, los insumos y herramientas con los que atendían esos pedidos están parados en una improvisada bodega: cajas de papel, pastas de cartón, tarjetas de presentación, carpetas personalizadas, cartuchos de tóner, una báscula, una ojilladora, una máquina de hot stamping, una sumadora manual marca Burroughs de 1960 y calculadoras propiedad de la extinta paraestatal que le fueron encargadas para su reparación. Todo se apila en la casa de su mamá, en la colonia Valle del Tepeyac, al norte de la ciudad, uno de los lugares que ocupa como bodega y centro de trabajo.

Ante lo complicado de la situación, Estrada piensa empeñar herramienta y vender uno de los cuatro vehículos que posee, un FAW F5 2008 –auto chino que podía adquirirse en las tiendas Elektra–, así como tres terrenos que había logrado adquirir en pagos.

No tengo demasiado dinero como para aguantar mucho tiempo sin trabajar, tengo otros clientes, pero es poco“, explica.

Su preocupación se extiende más allá de su núcleo familiar. Se pregunta qué harán no sólo los 44 mil desempleados de LFC y los demás proveedores formales, sino también los cientos de personas que él veía sobrevivir de vender comida, flores, perfumes, ropa, zapatos y relojes, en abonos, a esos trabajadores.

Estrada dice no estar de acuerdo con la decisión tomada respecto a la paraestatal. Considera que no debió desaparecer, menos en medio de una fuerte crisis económica.

“No era tan corrupta la Compañía de Luz, al menos en lo que a mí me tocó. No era tan corrupta como decían, y menos antes que era privada. Cuando era S. A. era menos, había más control de precios, de muchas cosas. Conforme se fue haciendo de gobierno, se fue haciendo corrupta”, sentencia.

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