Encuestas fallidas

Reproduzco el texto de Excelsior.com
Muy interesante… ¿Ustedes qué piensan?
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Resulta un tanto absurdo que la ley prohíba la difusión de encuestas una semana antes de la elección; su divulgación debiera permitirse.
José Antonio Crespo

Prácticamente todas las encuestas fallaron, y no poco, en el pasado proceso electoral. Sabemos que la precisión de este instrumento depende de múltiples variables: el tamaño y buen diseño de la muestra, el cuestionario, el número de rechazos a responder, la veracidad de las respuestas, y la distancia temporal entre la encuesta y la elección. A veces se duda también de la honestidad del encuestador en el uso (y hasta configuración) de los resultados como arma propagandística de los clientes.

Desde luego, y según lo aclaran los encuestadores, este instrumento no debe verse como un pronóstico infalible, sino como una instantánea del momento en se levanta la encuesta. Y mientras más lejana en el tiempo, menos probabilidades de aproximarse a los resultados de la elección. Los encuestadores justifican en parte sus recientes fallas apuntando que la última encuesta publicada no tomó en cuenta los posibles efectos de las grabaciones en Veracruz y Oaxaca ni del asesinato del candidato priista en Tamaulipas, lo que pudo provocar cambios en la opinión. En efecto, es algo a considerar. Por eso mismo resulta un tanto absurdo que la ley prohíba la difusión de encuestas una semana antes de la elección, pues dado que constituyen un insumo más para que el elector pondere la racionalidad de su voto, su divulgación debiera permitirse incluso un día o dos antes de la jornada electoral. Con la veda, es el elector el afectado.

Por otra parte, viene el llamado “voto oculto”, que apunta a una opción por la cual no se va a votar. Cuando en la elección de Mérida se detectó una gran distancia entre las encuestas y el resultado final, se dijo que Yucatán es un estado difícil de medir por esa razón: prevalece la cultura de voto oculto. Pero ahora resulta que eso ocurre en todo el país. Ese era uno de los principales problemas que enfrentaban los sondeos en los ochenta y los noventa, y ahora, veinte años después, vuelve a aflorar. Recuerdo que para superar ese escollo varios encuestadores, en lugar de hacer una pregunta directa, daban una boleta para que el entrevistado la depositara en una urna volante, manteniendo en secreto su preferencia. ¿Dejaron las encuestas de usar ese método o falló por esta vez? Supongo que si ese recurso fue insuficiente, tendrán que pensar en nuevas técnicas para solventar ese hueco en la información.

Viene, por otro lado, la duda sobre la honestidad de los encuestadores. Si además de ser contratados por un medio, lo son simultáneamente por un partido o gobierno, se tiende a pensar que éstos lo presionan para manipular en algún grado los resultados (hay varias historias en ese sentido). Puede que algunos acepten y otros no, pero no estaría mal que se dijera públicamente si la firma X o Y trabaja también para algún partido o gobierno. Eso al menos permitirá al ciudadano mantener una prudente reserva frente a sus resultados. Esto debiera convertirse en práctica común, una regla no escrita del gremio. Los encuestadores se defienden también afirmando que sus proyecciones no influyen sobre el elector, pero eso equivale a afirmar que la propaganda tampoco lo hace. Es cierto que en algunos electores duros ni la propaganda ni las encuestas mueven las opciones, pero en los independientes y los flotantes los sondeos son un insumo relevante para definir el voto. El famoso “voto útil” no podría existir sin una idea firme de quién va en tercer lugar, y eso sólo lo determinan las encuestas. Está demostrado igualmente que, a mayor competencia entre dos contendientes, se eleva la disposición y la probabilidad de asistir a las urnas, mientras que una holgada distancia puede desanimar a los partidarios de quien queda en segundo o tercer lugar, según se queja Xóchitl Gálvez. Estos ejercicios son un elemento más influyente de lo que los encuestadores quieren reconocer.

Por lo pronto, para las elecciones de 2011 no contaremos con esa crucial brújula. El voto oculto, si en verdad fue el principal factor de distorsión en el pasado proceso, provoca que el margen de error no sea de dos o tres por ciento (derivado del tamaño de la muestra), sino de quince o veinte puntos. En cuyo caso, si un sondeo dice, por ejemplo, que un candidato aventaja con 15 puntos porcentuales a sus rivales, quizás estemos ante un empate técnico. Habrá que esperar a que las encuestas vuelvan a ser más precisas antes de que recuperen su confiabilidad. Ojalá que para 2012 ya lo hayan hecho, pues de lo contrario iremos a tientas. Y ni siquiera podremos recurrir al pulpo Paul, pues ya se retiró del oficio.

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