En lo bueno y en lo malo, en lo progresivo o lo destructivo; a final del día los negocios acaban siendo una proyección de su dueño y/o director general”

Tomado de MARKETER- Horacio Marchand- Reforma

02 Feb. 2018

 

Era un cuadro de Picasso; a la distancia se apreciaba. Ése otro era de Van Gogh, aquel de Velázquez. No es que yo sea experto pero ahí, en esos cuadros, congruentes con su autor, están plasmados su sello y su persona. Y lo mismo ocurre en las empresas y quizá en todo lo demás.

Lo que hacemos, decimos, pensamos, sentimos, o no, está dominado por nuestro subconsciente y se manifiesta sistemáticamente a través del tiempo.

Esta aseveración resulta incómoda en esta época de ego inflado e ilusión de racionalidad que padecemos; y es justamente por esto, que el psique humano se estudia tan poco a pesar de ser tan relevante.

El caso es que una persona se lee finalmente en sus actos y sus creaciones, y el mejor predictor del comportamiento futuro es el comportamiento pasado.

Paul Whelan, Universidad de Wisconsin, dice que “la mayoría de lo que hacemos diariamente es inconsciente; la vida sería un caos si todo estuviera ahí al frente de nuestra consciencia”.

 

Pinker y Wegner de Harvard, arguyen que sólo un 5% de nuestra actividad en el psique es consciente y que el restante es inconsciente. O sea que el 5 por ciento consciente suele pasársela justificando lo que el otro 95 por ciento ya hizo.

En esencia, nos proyectamos con manifestaciones típicamente inconscientes, automáticas, repetitivas y frecuentemente desasociadas de las consecuencias. Por ejemplo Van Gogh, que pintó 900 cuadros y más de mil dibujos, sólo vendió un cuadro en su vida. Es decir, decidió no modificar su estilo para ser más comercial.

Van Gogh, en su genio y/o en su trastorno, no podía, no sabía, no quería, pintar de otra manera. Sus pincelazos en ‘El dormitorio de Arlés’ es una obra interesante de un hombre que en lugar de descansar en su cuarto, se pone a pintarlo, como si no pudiera evitarlo.

Y en las empresas u organizaciones, lo mismo. Los directivos suelen comportarse igual a través del tiempo y a reaccionar de la misma manera. La paradoja es que mientras ellos son inconscientemente repetitivos, el entorno cambia constantemente. El resultado es una desincronización y un anacronismo inevitable.

En lo bueno y en lo malo, en lo progresivo o lo destructivo; a final del día los negocios acaban siendo una proyección de su dueño y/o director general. Como si la empresa fuera una obra de arte o una caótica, de aciertos o desaciertos. Las propensiones y estilos naturales de los líderes se trasminan a la cultura organizacional y se plantan como un código genético.

El “escándalo” más reciente en el estudio de liderazgo y toma de decisiones se debe al psicólogo Jordan Peterson, Universidad. de Toronto, que afirma que las langostas líderes, las que están arriba en jerarquía de su especie, tienen un sistema nervioso diferente a los seguidores: la diferencia más grande es la serotonina (la química asociada a la felicidad).

 

Fascinante. Peterson encontró que las langostas líderes tiene una configuración del sistema nervioso y mental que produce mayores dosis de serotonina. En contraste, las langostas derrotadas o subordinadas, tienen disminuido su mecanismo y liberan menores cantidades. Esto acaba por reforzar la estructura y preservar las posiciones.

Llevado al mundo de los humanos, resulta intrigante pensar que el liderazgo y la estructura organizacional, incluso de naciones enteras, esté determinadas por un mecanismo químico en el cerebro.

Frente a estas conjeturas considero que por lo menos nos conviene tener más humildad en nuestros logros, azotarnos menos en nuestros fracasos, y respetar más la lucha personal de cada persona. Adicionalmente, conviene rodearse de gente que nos pueda ayudar a entender mejor nuestras conductas y decisiones.

Hay que reconocer que somos lúcidos con los problemas ajenos y ciegos, o por lo menos sesgados, en los propios.

 

horaciomarchand@marchandyasociados.com